Hay lugares que siempre recordaré, toda mi vida.
Algunos han cambiado para mejorar pero otros no.
Unos se han ido, otros permanecen.
Todos estos lugares tuvieron sus momentos,
con amigos y amores a los cuales todavía puedo nombrar.
Algunos ya murieron, otros viven.
Pero en mi vida, yo los amo a todos.
In my life
Lennon & Mc Cartney
Nunca pasó por allá la calandria amarilla, la torcaza o la paloma mensajera que en sus piquitos llevaran una rosa de castilla o un papel que me hablara de Mexicali. Las buenas nuevas llegaban a través de mi hermana mayor, dueña de la mejor tienda de abarrotes en los 60's, que se hallaba por la Obregón y la B, conocida como La Sin Rival. Cuando las feroces lluvias lo meten a uno en sus sueños, yo a un lado del Río San Pedro, con los brazos cruzados sobre las rodillas y la vista perdida hasta el norte de México, sólo pensaba en que algún día, personalmente tendría que comprobar cuánto de lo que la hermana contaba era cierto.
La vida, el destino fausto e infausto, me llevó por tantas rutas, pero ese sueño no moría, saltaba cuando menos lo pensaba. Las decisiones importantes fueron tomadas pensando siempre en la meta final: Mexicali, en ese mundo que luego comprobé, tenía que ver muy poco con mi pueblo. Algunas cosas tardan más que otras en llegar y cuando el tiempo llegó, no dudé en salir de aquella selva que de tanto verde duele, de tanta tierra negra y húmeda y de tanta prodigalidad de la naturaleza con sus hijos, piensa uno en dejar, sobre todo cuando el panorama por venir no era para decir: voy a la felicidad total.
Violeta fue a despedirme a la terminal de autobuses y me regaló una petaquita para que ahí fuera guardando las penas y pesares. Del otro lado del puente no tenía una barca en unión ni me esperaba tampoco la embarcación que por vía ligera me traería aquí.
El trueque fue demasiado fuerte. En aquel agosto del 75 entramos a las calles de Mexicali recibidos por ese olor, que no he podido olvidar, el de las semillas convirtiéndose en aceite, por esas torres humeantes, por un polvo silencioso y casi invisible que desde entonces se nos sigue metiendo al cuerpo y al alma.
Volvimos la vista hacia atrás para comprobar que no habíamos quemado nave alguna, que lo pasado ya se había marchado y que ahora habría que transitar por la vida, la historia y las aventuras de lo que estábamos seguros sería nuestro último puerto.
Entramos por la ruta del amor que es la del arraigo. Llegué con la amapolita dorada de los llanos de Tepic, con la Flor de Garambullo de Sinaloa y la Flor de Capomo tomada en Sonora, todas cortadas al amanecer. Tarde canicular que no muere. Tiempo que sobrevive al olvido.
Abordamos el nuevo tren para ir recorriendo las nuevas rutas. Nuestra primer parada que en la Pro Hogar, esquina de Luis de Velazco y Río Sinaloa. Raza brava, esquinera, pasados, viviendo arriba, nada que ver con el pueblo ingenuo, párvulo y campirano. Otra historia empezaba.
Se inició entonces la recolección de las historias que no han parado. Ese primer contacto con la cerveza Mexicali fue inolvidable. A cambio de las docenas de tortillas de harina, nos regalaban una cubeta del # 20 de la cual no permitíamos que ni siquiera la espuma se desperdiciara, y el caballeroso Señor Gaxiola, funcionario de la empresa nos abría las puertas a ese paraíso. Ese regalo de Dios nos duraba un suspiro y ahí la Reina de Cosalá, nos enseñó la vida que si es vida, es decir la buena vida, porque la otra, no es vida.
Abrimos las puertas de tantas cantinas, congales, bares turísticos, cafés cantantes, hoy eufemísticamente antros y en todas sólo levantamos amigos. Gastamos las horas necesarias con aquellas generosas damas recién llegadas de otros lugares que venían a ocultar su deshonra pueblerina, sus amores frustrados o su búsqueda abierta de dineros.
El Molino Rojo, La Mina, Los Tres Ases, El Platanero, El Cid, La Selva, el Mónaco, todos los de la Once, ninguno quedó sentido, proles y cremas, lumpen y burguesía desapareciendo en un tarro escarchado o en un escocés derecho. Terminar la noche vestida de neón en el Marianas con machaca o en el Chapultepec con los tamales enormes con una pieza completa de pollo sin esteroides. Desde entonces la noche es mi mejor amiga. La buena vida, la vida loca se nos aparecía por donde íbamos y nos fue llenando de historia mexicalense, de hombres ignorados y de héroes desconocidos, casi todos explotados por la maquila.
Esas rifas en el Mustang de la F que incluía como premio a Martha la Diosa de la Noche Cachanilla, el servicio de bebidas y hotel todo por los cien pesos del boleto. Seguir a la Dolly Magali en Los Pepes para luego verla convertida en Jésica Muriel en El Dorado. ¡Ay Vivián Martel!, la Cobra, loca, loquísima, soltando todos los demonios de la lujuria y del pecado, cuando las notas de la guitarra de Don Henley volaban a los cuatro vientos llenado a Mexicali del Hotel California.
Bohemia inigualable de horas gozadas minuto a minuto, en donde aquellas noches del pueblo que se duerme a las ocho de una noche tinta en estrellas, fueron cambiadas dramáticamente por amaneceres sentados en banquetas de la Nueva o del Villafontana nada más para decirle a los hijos predilectos de Dios, del tremendo desperdicio que estaban haciendo con sus vidas, el placer brotando por todos lados y ellos dormidos.
Empezó la marcha hacia la carga de historia. Los domingos al Michoacán de Ocampo, a Cerro Prieto, a Seeley, al Fed Mart, al Kress, a las Dunas, y a coleccionar nombres y sucedidos. El Martin muerto por sobredosis a los 16 años, el Daniel que se quedó arriba desde entonces, el Gandhi, el brutal desalojo de los comerciantes en El Caballito por gobiernos represores y fascistas que no mueren pero si matan. Augusto Hernández Bermúdez que nos enseña diariamente que la vida no hace alto en ningún lado y que nadie la para.
Imposible olvidar a mi hermano Miguel Córdova viejón niño despachando en El Obrador. A Marciano Romero contando sus noches de gloria al lado de Jack B. Teeney. A esa anciana que en la esquina de la Justo Sierra y la Madero me regalaba el mundo en periódicos y que un carro maldito se la llevó. El Blanca Nieves. A todos los que llegaron a mi puerta a pedir algo para volver a su pueblo porque la migra los había sacado nada más con lo que traían puesto. A Manuel Rojas que me permitió demostrarle que la amistad existe sin condiciones. A los Norzagaray amigos queridos que adornan sus cultas pláticas con leperadas, chilorio, coricos y biscotelas.
Impresionante ver a Ronald Reagan bajar de su helicóptero en el Centro Cívico el 3 de enero de 1986. La baba corrió a raudales. Ese temblor de noviembre del 87 que desgració entre otras cosas, al Edificio Monte Albán, hizo olvidar al del 82. Estuvimos en la Colonia Hidalgo invadiendo junto con la profesora de todas las invasiones y seguimos a Javier Salivie el amigo Pitufo por la Robledo en donde comprobamos que ser invasor es un asunto muy serio y de muchos sacrificios. Lindo haberlo vivido para poderlo contar.
Y salgo a mirar a mi ciudad para buscarme, tomo de inicio mi Cuauhtémoc Sur que siempre ha rifado, paso a la Justo Sierra, de ahí a la Colón donde ayudo a mis hermanos a brincarse la cerca, en el parque de los Héroes de Chapultepec veo que los panistas no han descifrado el significado de su monumento si no ya lo habrían destruido. Me invitan a descabezar a Cristóbal Colón, y quiero de nuevo darle un beso, todos los besos, a la entraña de Mexicali.
Y en recuerdo de aquellos años lloro al recordar a La Chinesca en donde mis bellas gordas esperaban a la subida de la escalera del hotel de última muerte y ver lo que la modernidad hizo con ella. Pero recapacito en que no tiene sentido llorar y que la nostalgia es asfixia innecesaria. Mis amigos del Tiki me dicen; pa que son pasiones, si al cabo el amor se acaba.
Estoy con mi amigo Juan de Dios inaugurando el Gato Negro con sus dos pistas de baile y sus brillantes globos de cristal plateado que no paran de dar vueltas, diez pesos por pieza bailada, pero entonces el dinero si alcanzaba.
Un inventario incompleto aparece. Tacos de carne asada, Lupita Jones, Charlie Sands, la inútilmente sacrificada Margarita Ortega, Gilberto Román, el Carmina en donde el Quichicho Cota me llenó de tangos que ya nadie canta, Ernesto Rufo, la Reforma y D escuchando al Doctor Gastón H. Salazar con historias increíbles o a los hermanos Edmundo y Antonio Banuet que me contaban que la fiesta cívica más importante de principios del siglo 19 era el dos de abril, El Maromero Páez, imposible guardar todo en la petaquita de mi Violeta.
Agradezco de pie y con respeto a los maestros de mis hijos, la profesora de nombre y de hechos Angelita Vacas, la siempre combativa Yolanda Sánchez Ogáz llevando de la mano a sus hijos prestados a las entrañas de México como pollitos al arroz, al Profesor Cuellar, a mis admirados maestros Miguel Cruz, Higilio Álvarez, al caballero y patriota Antonio Puente. Ninguna lista de presente es suficiente para nombrarlos y sé que Mexicali está en deuda con ellos. La historia matria a veces se convierte en brincos y desorden, en olvidos imperdonables, no puedo evitar caer en ello. Pido perdones. Y canto con Mercedes Sosa, por estas calles centenarias se astilla mi canción, miseria estás muy fea, miseria qué pasó, no dejes que te vea mi espejo de cartón. Ante la terca insistencia de mi pareja de tener rosales, orquídeas, tulipanes o gladiolas en la casa, Brenda, Karla y Eliud le dicen, de donde sacamos flores, si no hay ningún balcón, de donde sacamos flores si nadie las plantó.
En estos cien años llenos de niebla somos la gente doble que dice Albert Camus, que seguimos en donde nacimos y morimos a diario aquí atrapados por los recuerdos. Siempre aferrados a la esperanza interminable digo, rumbo a la cosecha, cosechero yo seré, y canto entre copos blancos fantasiosos. En recuerdo de los pioneros, con manos curtidas dejaré en el algodón mi corazón, mojado de luna y de sudor.
Tengo tiempo ya declarando mi amor a Mexicali, cada catorce de febrero, mis hijos, mis amigos lo saben, no me oculto, lo escribo en las paredes de mi ciudad, hoy llena de vías rápidas, de bulevares, con nombres impuestos por el mayoriteo pero ayunos de méritos patrióticos, con el rostro de la posmodernidad, con el traje invisible del cambio, y en la soledad de las bancas de la Mater Dolorosa o de la Infantita María, hoy que definitivamente he plantado mi estandarte en este solar, murmullo en voz alta, porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy, por todo y a pesar de todo, yo quiero vivir en Mexicali.